domingo, 11 de abril de 2010

Albertina y otras tensiones.

La pequeña Albertina se entretiene en el bosque de los cerezos minúsculos, cada frutita azucarada del porte de una lagrimita olvidada del cielo se extiende al parecer a un centímetro del suelo, dedos y uñas son muy pero muy grandes para pellizcar a cada fruto rojizamente esquivo, cada planta cupe en su mano cada tronco en su palma, ahora Albertina piensa en milímetros para alcanzar cada frutita, lagrimita, hurañita. Pero no se atreve a pensar en los segundos ni en la hora que es. El tiempo para Albertina es sólo una mera advertencia sonora, todos los días terminados en ese, cada mes terminado en vocal, y cada hora del día con más de dos dígitos, eran el pretexto perfecto para que Aníbal su amante la encontrase con una ligera mudada, un vestido-bata de color verde turquesa, con unos tacos negros y una tobillera de metal con los signos zodiacales. Aníbal Entraba a su casa a hurtadillas, ella dejaba casi abierta una de las ventanas de filo de madera blanca. Cuando la observaba su primer impulso era jalonearla sobre el bosque de los minúsculos cerezos y le preguntaba si estaba puesta su braga, no espera respuesta, le arrancaba el vestido-bata, posaba su nariz por todo su cuerpo de pies a cabeza y se quedaba pasmado en su ombligo. Y le preguntaba: ¿sabes cómo será hoy el juego?, la luz se colaba por la ventana de la sala filtrando sombras y moscas como público, el ruido de los pájaros, el siseo de la electricidad de los focos, la entretuvieron por un segundo desencantada por la pregunta y su respuesta, ¡Ah! esos juegos absurdos los cuales ella convertía en verdaderas escenas de pasión al parecer iban teniendo su fin. Albertina ya no amaba con ardor a su amado, de cabellos castaños y rizados, ni a su cuerpo, ni al fuego bucal, ni a eso que escondía entre sus manos cada vez que ella lo desnudaba con la mirada y luego con su boca. Se perdía arte, faltaba algo en los ojos de Albertina un brillo centelleante, cada vez que veía a su amante sentado en el sillón viendo a la ventana que daba a un bosque humilde de eucaliptos, ahogados en maleza. Ella ya no quería esos juegos absurdos, sexuales, ambiguos, calenturientos, terminaban igual, ella yéndose a trabajar, el yéndose a su casa. Una de las veces que lo amo de verdad fue cuando sin que ella lo supiese llegó a su casa, enseguida la atrapo por la cintura, le susurro al oído y se lo lamio con fuerza con ira, la tumbó inmediatamente en el suelo, ella no podía regresar a ver, el no se lo permitía, sin palabras, la sometió a sus caprichos, la hizo suya una y otra vez como animales sin verse al rostro, con el aliento de ella empañando la cerámica del suelo, con el aliento de el empañando la piel de Albertina, sin toque en los labios, sin miedo, sin entrega total , el tapándole la boca para que los gemidos intenten escaparse por entre las hendiduras de las manos. Albertina pedía clemencia en esos momentos, pedía escapar, ser sometida hasta la locura, le era imposible para ella era inadmisible llegar tan pronto a la pequeña muerte, se sentía atravesada, llena, completa, por esos minutos de éxtasis. El parecía arder en locura y en el oído, le susurraba no me dejes, por favor no me dejes. Albertina quedo exhausta en el piso de la sala, manchada ella y su ropa en medio de sudor y polvo, sintió miedo mucho miedo de volver la vista y ver que no era su amado aquel que la amo hasta la locura. El no alcanzo a verla y se fue como llegó, es así como ella recuerda la primera vez que ellos dos hicieron el amor, ahora, él se encuentra absorto en medio de la sala sobre unos sillones plomos casi grises viendo por la ventana a los grandes eucaliptos, ahora ella quiere tener la iniciativa, ella quiere amarlo hasta la locura, sólo se acerca y comienza a tocar su sexo, a acariciar su sexo, a que quepa en su palma, a zarandearlo con fuerza, Aníbal regresa su vista y la mira a los ojos, no la pierde de perspectiva por largo rato con ternura con paciencia coge su mano, la toca y se la lleva a su boca para besarla, volverla a ver a los ojos y le pide que lo bese tiernamente en con sus labios.

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